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Homilía Para Misa de los Santos Oleos: Abril 6, 2006

Given by the Most Reverend Stephen E. Blaire at the Cathedral of the Annunciation in Stockton.

En la Misa del Santo Crisma, llamada también de los Santos Oleos, nuestros sacerdotes recuerdan que en su ordenación sacerdotal fueron ungidos con el don del Espíritu Santo para el servicio del Pueblo de Dios Cada uno puede decir: “El Espíritu de Dios está sobre mi, porque él me ha ungido...”

Así como este pasaje se cumplió en Jesús en presencia del pueblo, igualmente este pasaje se cumple hoy en su presencia por los sacerdotes de la Iglesia. Esencialmente, los sacerdotes no son un cierto tipo de personas con una profesión clerical que adquieren su identidad administrando instituciones eclesiales, --aún cuando el dirigir una parroquia conlleve tanto una responsabilidad administrativa como una dimensión pastoral. Pero el corazón, lo esencial del sacerdocio ministerial es identificase proféticamente con la figura de Jesús en la Sinagoga, ungido, “para llevar la buena nueva a los pobres.”

Yo no espero que todos y cada uno de los sacerdotes en la diócesis tenga todos los dones necesarios para que la Iglesia lleve a cabo su misión pastoral en la parroquia y transformar el mundo para Cristo. En el Cuerpo de Cristo hay un sólo Espíritu pero hay muchos dones y gran riqueza de carismas ministeriales entre la gente. Pero sí espero que todos los sacerdotes sean fieles a su responsabilidad de transmitir el precioso depósito de nuestra fe en su predicación, en la celebración de los Sacramentos y en su liderazgo pastoral.

Estoy de acuerdo con un tratado escrito hace unos años por el Señor Cardenal Walter Kasper cuando fue nombrado obispo. Dijo él que lo más apremiante para la iglesia en nuestros días era el transmitir la fe, y que “cada vez parece tener menor y menor influencia en la vida y en la realidad.” Todos los asuntos pastorales que han surgido en el sínodo diocesano --una mejor comunicación, unidad en la diversidad, el desarrollo de la fe, la unidad en las familias, transparencia en las finanzas, liderazgo, liturgia, justicia social, ser una iglesia acogedora y pastoral juvenil -- se pueden resumir en el vivir nuestra fe como respuesta al amor de Dios por nosotros. Es por eso que se ha pedido a los delegados al sínodo que examinen la meta de cada estrategia pastoral para ver si ésta nos une más estrechamente a Cristo y esto hace o no una diferencia en el mundo.

El Catecismo de la Iglesia explica las verdades sobre nuestra fe pero no como proposiciones a las que debemos adherir nuestra voluntad, sino como verdades que han de vivirse. Nuestra fe Católica no es una ideología; es una manera de vivir. El contenido de nuestra fe es Jesucristo mismo.

Nuestra fe en Cristo y nuestra fe en Dios determina toda nuestra manera de vivir. La fe no nos hace de mentes estrechas, sino que nos da la luz para ver el verdadero significado de la vida. Mientras más fuerte es nuestra fe, más libres somos porque tenemos la convicción del significado decisivo de la vida. Nada en esta vida nos da una satisfacción plena y total. Siempre anhelamos algo más, y ese ‘algo más’ es Alguien: DIOS.

La fe es el don de todo nuestro ser a Dios que se revela a Sí mismo en Jesucristo. Escuchen la oración de San Ignacio de Loyola: “Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad, todo lo que tengo y todo lo que soy.” Escuchemos también las palabras del Venerable Charles de Foucault: “Padre... en tus manos encomiendo mi espíritu. Te lo doy todo mi Dios, con todo el amor de mi corazón, porque te amo, y es una necesidad de mi amor
el entregarme todo y completamente a ti.”

Fe es la confianza plena y absoluta únicamente en Dios, y el deseo profundo de que Dios sea glorificado en todo. Es la responsabilidad de toda la Iglesia el trasmitir en depósito de nuestra fe a las generaciones futuras y esto sólo lo podemos hacer con el testimonio de nuestras vidas. Pero es el don de la ordenación sacerdotal que nuestros sacerdotes prediquen y celebren nuestra fe en nombre de Cristo, como buenos pastores. Los tiempos tan complejos en los que vivimos, las tensiones, presiones y distracciones que tenemos no hace que esta sea una tarea fácil. Tenemos que ser valientes. No podemos tener miedo.

Todos nosotros, quienes formamos la Iglesia, necesitamos estar firmes y seguros en nuestra fe. La gran palabra Hebrea, ‘AMÉN’ significa yo creo en Dios con convicción plena de mente y corazón. Si ustedes están así de seguros en su fe, pónganse de pie ahora mismo y digan conmigo con una fuerte voz:
AMÉN. YO CREO!

Exmo Señor Stephen E. Blaire
Obispo Católico de Stockton

Last Update April 22, 2006

 
 
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