| Homily
for the 4th Sunday of Ordinary Time Year "C": January
28, 2007
Given by the Most
Reverend Stephen E. Blaire at the Cathedral of the Annunciation
in Stockton.
Siendo yo director en una Escuela Secundaria
Católica, trabajaba conmigo una directora de pastoral
juvenil maravillosa: una Religiosa que era sumamente efectiva
en su ministerio con los jóvenes. Era una persona muy
positiva y siempre afirmaba a los jóvenes en su dignidad,
su bondad innata y su valor como personas. Pero ella jamás
vacilaba, de una manera amable y respetuosa, en volverlos
al camino correcto cuando ellos iban por el mal camino.
Creo que a todos nos gusta cuando nos dicen
todo lo bueno que estamos haciendo y nos sentimos motivados
por eso, pero no estoy tan seguro que apreciamos de la misma
manera cuando alguien nos llama la atención y nos corrige.
Cuándo Jesús empezó Su
ministerio público, predicando en las sinagogas de
Nazaret y Cafarnaún, la gente hablaba muy bien de El
y se admiraba de las palabras de gracia que salían
de su boca.
Pero las cosas cambiaron rápidamente
cuando él comenzó a desafiar sus ideas o sus
convicciones. Los Judíos sabían que ellos eran
el Pueblo elegido. El escuchar las historias Elías
y Eliseo --que habían ido a territorio pagano a realizar
las obras portentosas de Dios entre ellos, no les resultaba
nada agradable. Jesús había ido más allá
de lo que ellos querían oír.
Jesús hablaba de un mensaje universal
de Dios: la salvación es para todos. Cuando San Lucas
escribió su evangelio, el Cristianismo comenzaba a
esparcirse más allá de los confines del mundo
Judío
San Cirilo de Alejandría, el gran Padre
de la Iglesia del siglo IV que comentó extensamente
el Evangelio de San Lucas, nos dice que los que oyeron hablar
a Jesús no dieron ningún valor a sus palabras.
Pienso que lo mismo sucede hoy. Cuándo
escuchamos palabras que nos agradan, las aceptamos, pero cuando
incomodan y desestabilizan nuestra conciencia tampoco nosotros
las tomamos en serio.
Hay personas que prefieren una iglesia donde
los hacen sentirse muy bien porque les hablan con palabras
dulzonas y vagas.
Ciertamente que el evangelio es un mensaje de
consuelo y alivio, pero puede ser también duro y exigente,
como Jesús mismo podía ser duro y exigente.
Nuestro “amable y dulcísimo” salvador puede
ser también un Dios "celoso y exigente".
La gente en la sinagoga se indignó tanto, que quisieron
despeñar a Jesús en un barranco, pero aún
no había llegado Su hora.
Cuándo nosotros escuchamos el evangelio,
es bueno hacerlo con un corazón y una mente abierta.
La Iglesia nos guía y nos enseña. El Espíritu
Santo nos instruirá en todas las cosas y nos ayuda
a discernir cómo debemos responder al evangelio en
nuestra vida diaria.
Por seguro, algo que nosotros no queremos
hacer es despeñar a Jesús en un barranco ni
descartar sus enseñanzas como algo sin valor. Las enseñanzas
de Jesús nos consuelan porque el evangelio es un evangelio
de amor y misericordia, de paz y reconciliación. Pero
es también un evangelio que dice "Ven y sígueme";
un evangelio que llama a la conversión del corazón
y a cambiar la manera en que vivimos.
Last Update January 28, 2007
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